Categoría: Humor

 

El arduísimo proceso editorial

En la entrada de este mes tenía pensado hablar de una novela, que me regalaron los Magos de Oriente, con muy buena pinta, aunque, mientras la leía, me di cuenta de que algo no iba bien, algo fallaba. Se trata de 261 páginas de papel ahuesado, de 90 gr/m, con la tripa cosida y encolada, pastas de unos 200 gr/m con una bella decoración a base de geometrías verdinegras, sobrecubiertas en las que aparece una bonita ilustración alusiva a la historia que contiene rematadas por solapas de 82 mm en las que se glosa la figura de la autora (delante) y se listan otros títulos de la editorial (que no mencionaré aquí por decoro, aunque a lo mejor luego sí que la nombro). Incluso, en un alarde de originalidad de semejantes proporciones a las de su ponderado costo, el extraordinario objeto incluía un precioso recortable con el que los ociosos pueden entretenerse montando un hotel de cartulina, que es donde transcurre la mayor parte de la trama (en un hotel no de cartulina).

Petit hôtel en «petit carton»

Petit hôtel en «petit carton»

Por otra parte, se trataba de una buena traducción del original inglés (esto debo suponerlo, porque, como comprenderéis, no lo he tenido en mis manos para juzgar de la manera más ecuánime posible, aunque reconozco que el inglés no es mi fuerte).

Entonces ¿qué era lo que fallaba?

Muy fácil: aquel «libro» no había pasado por ningún proceso de corrección, ni de estilo ni ortotipográfica, y esto es algo que nunca entenderé, y menos en este caso (una verdadera lástima, porque la historia en sí es interesante), donde salta a la vista que no han escatimado un euro en otras cuestiones, ni siquiera en recortables.

En los pocos años que llevo en el mundo de la edición, he visto nacer unas cuantas editoriales, en no pocas ocasiones con más buena voluntad que acierto, pues, en principio, para establecerse uno como editor nadie le exige ninguna preparación previa.

Algunos amantes de la literatura ―o de los libros en general, conocidos en catalán con el eufónico calificativo de lletraferits― se lanzan a la gran aventura de editar sin haberse preocupado de enterarse antes de cuáles son las fases de que consta el proceso de edición, o, lo que es lo mismo, desconociendo qué es exactamente el producto que intentan vendernos. Por ello me ha parecido oportuno explicar aquí, aunque sea de forma somera (y, si cabe, con algo de humor), qué características ha de tener un libro para que sea considerado como tal.

Para empezar, tenemos que saber de lo que estamos hablando, para lo que acudiremos a la definición de la RAE:

libro. (Del lat. liber, libri). | 1. m. Conjunto de muchas hojas de papel u otro material semejante que, encuadernadas, forman un volumen. | 2. m. Obra científica, literaria o de cualquier otra índole con extensión suficiente para formar volumen, que puede aparecer impresa o en otro soporte. Voy a escribir un libro. La editorial presentará el atlas en forma de libro electrónico. […]. | 3. m. Der. Para los efectos legales, en España, todo impreso no periódico que contiene 49 páginas o más, excluidas las cubiertas. […].

(He obviado aquí las acepciones que he estimado convenientes para los fines que se persiguen).

Con respecto a la primera acepción de la entrada, me gustaría recordar unas palabras de Marcos Mundstock:

«Un libro que no está escrito, más que libro, es un cuaderno». (LES LUTHIERS)

Esto no es el libro blanco de nada

Esto no es el libro blanco de nada

Respecto de la tercera acepción (la referida al número de páginas), cabe explicar que se trata de una de las características que recoge una definición técnica de la Unesco (United Nations Educational, Scientific and Cultural Organization, [Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura, por sus siglas en inglés]) «destinada a unificar, desde un punto de vista estadístico, la noción de libro. […] Esta definición se basa en una unidad de pliego de 16 páginas, de tal manera que no puede considerarse libro, estadísticamente hablando, si la obra, trate de lo que trate y cualquiera que sea su formato, no tiene más de tres pliegos de 16 páginas (o su equivalente), pues, como hemos visto, si solo tiene entre cinco y 48 páginas se llama folleto, y si solo tiene entre dos y cuatro, hoja suelta». (José M. de Sousa: Manual de edición y autoedición; Madrid: Pirámide; 2.ª edición, 2.ª impresión; 2008; pág. 66-67).

Sin embargo, hoy hay que ampliar esta definición debido, como bien sabemos, a los nuevos soportes electrónicos: los libros digitales ya no tienen páginas, bien sean textuales, videolibros o audiolibros. Cuando uno está leyendo uno de estos e-books, el dispositivo lector utilizado no suele informar de la página por la que se va leyendo, sino del porcentaje de lo leído.

—Oye, co: Te has leído Ana Karénina?

—No, co, pero me la bajé de internet para mi kindle y ya voy por el diez por ciento.

—Tómatelo con calma, co, que solo te faltan unas novecientas páginas de las de antes, y con letra pequeña.

―No me chafes el final, co, que está muy interesante el culebrón.

Tranqui, co, que no voy a espoileártela.

Libros sin páginas

Libros sin páginas

Sabido esto, nos arremangaremos para ir directamente al meollo de la cuestión:

El arduísimo proceso editorial

En el proceso editorial consta de varias fases, algunas de las cuales deberían ser ineludibles:

  • Creación del texto. Se trata de redactar o traducir un texto ajustándose a unas determinadas normas de estilo (1.ª fase). El texto traducido debería de pasar una revisión de la traducción (2.ª fase) que debería realizar una persona distinta al traductor. Esta última fase ya se lo salta a la torera alguna editorial (o alguna empresa que edita otro tipo de documentos que no son libros).
  • Tratamiento del texto. Una vez insertados los cambios de la revisión, habría que proceder a la revisión del contenido e insertar los cambios correspondientes (3.ª fase); luego, se debería realizar una corrección de estilo (4.ª fase) y, por último, una corrección de primeras pruebas (5.ª fase). En cada una de estas fases hay que ir introduciendo los cambios correspondientes: el texto y, por lo tanto, el posible lector, salen ganando, aunque el autor debe conceder el nihil obstat al texto definitivo.

 

Escritor anónimo

Escritor anónimo

«A mi no me canvias tu ni una tilde, de mi testo». (Autor anónimo).

  • Maquetación. La maquetación no se la salta nadie, porque, si no, volveríamos a tener un cuaderno. Si el texto lleva imágenes, ahora es el momento de incorporarlas en la maqueta (6.ª fase), lo que conlleva una o varias nuevas correcciones ortotipográficas (7.ª fase). Algunos piensan que esta fase sobra, pero si no se realiza pueden aparecer callejones o blancos de más en el texto, separaciones incorrectas de palabras al final de la línea, pueden producirse coincidencias de palabras iguales en líneas sucesivas e incluso puedes encontrarte con alguna sorpresa en los pies de foto, como ilustra el bello ejemplo en formato jotapegé.

 

«Regata de traineras en la ría de Bilbao» (Un mal pie de foto)

«Regata de traineras en la ría de Bilbao»
(Un mal pie de foto)

  • Impresión. En este apartado se incluye la compaginación con la correspondiente corrección de compaginadas, la creación de fotolitos, con revisión de ferros, diversas pruebas mecánicas y, por último, antes de encuadernar, también hay que verificar los pliegos (fases 8.ª, 9.ª, 10.ª y 11.ª). De estas fases, excepto de la  8.ª, como se encarga la imprenta, no se deja ninguna sin hacer.
  • Encuadernación, almacenaje y distribución (fases 12.ª, 13.ª y 14.ª). En este apartado, los libros deberían de someterse a los controles de calidad correspondientes (fase 15.ª), pero hay quien, con ver las cajas llenas y ojear un ejemplar, da por cumplimentado el trámite: ¿quién no se ha topado alguna vez ―aunque ahora ya sería rarísimo― con algún libro, además de intenso, intonso?
libro intonso

Libro intonso

 

No está de más aquí recomendar a los lectores que a la hora de adquirir un libro pierdan el mismo tiempo que cuando van a comprarse, no digo ya un automóvil, sino cualquier electrodoméstico, y también cabe recordar que tienen derecho a la devolución del dinero si el producto no les satisface: ello representa el mejor control de calidad posible.

En resumen (que no es gerundio)

¿Os imagináis al bueno de Daniel «Dan» Brown habilitando un búnker como el que montó para los traductores de su obra Inferno para cada grupo de personas que deberían haber intervenido en el proceso de edición? ¡No hubiera ganado para búnkeres! Así que se ahorró unos cuantos dólares, pero seguro que ha perdido un buen número de lectores (yo mismo, por ejemplo).

Por ello, y aunque hoy las modernas técnicas nos permitan agilizar enormemente las tareas de edición, si las editoriales quieren dotar de calidad a los libros que producen, no deberían saltarse ninguno de los pasos arriba expuestos: podrán buscar el ahorro en el gramaje o la calidad del papel, las tapas, las sobrecubiertas e incluso en recortables, pero lo que nunca nunca nunca deberían hacer es ahorrarse dinero en traductores ni correctores profesionales, y repito también lo de profesionales, porque existe una gran diferencia entre que las chapuzas de casa las pongas en manos de un fontanero, electricista o albañil profesional a que las fíes al manitas de tu cuñao, que estuvo una temporada de peón y otra desatascando cañerías.

En ello estriba la diferencia entre un libro, un seudolibro, un paralibro, un antilibro o, directamente, un cuaderno.

Nota: Para desarrollar los comentarios sobre las distintas fases del proceso de edición me he basado en una unidad didáctica del Curso de Corrección Profesional de la academia Cálamo&Cran, de Madrid, que realicé en línea hace unos años, y que recomiendo a todo letraherido que se precie de serlo. Al fin callo el título y la editorial del recortable por haber recortado —como mínimo— en las fases dos, tres, cuatro, cinco, siete y ocho, no sea que alguien pique y se lo compre.

… à suivre.

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La rocambolesca historia de Ramon Fontserè

APROVECHANDO el estreno en el Teatro Olimpia de Huesca de El coloquio de los perros, adaptación de Els Joglars de la novela ejemplar, el pasado sábado 1 de febrero se organizó un vermú literario en el que se presentaron dos libros: La rocambolesca historia del transportista Pere Bitxo, de Ramon Fontserè, publicada por Tropo, y una nueva edición de la mencionada obra cervantina, lanzamiento de Nørdica.

Fontserè

Ramon Fontserè

El acto tuvo lugar a mediodía, en el lujoso vestíbulo del restaurado local, y contó con la participación del propio Fontserè, de Óscar Sipán (Tropo Editores), de Antonio Santos, ilustrador de El coloquio, y de Jesús Arbués, director artístico de Producciones Viridiana y director artístico y de producción de la Feria Internacional de Teatro y Danza de Huesca. La gripe impidió que nos acompañara Diego Moreno, editor de Nørdica. (A Miguel de Cervantes también le resultó imposible acercarse).

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Portada de Óscar Sanmartín para la edición en castellano de Tropo Editores

Como no podía ser de otra manera, se alcanzó el lleno absoluto.

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Del frente hacia el fondo: Jesús Arbués, Antonio Santos, Ramon Fontserè y Óscar Sipán

El sucesor de Albert Boadella en la dirección de Els Joglars se destapa con su Pere Bitxo como un escritor costumbrista que camina por la senda del esperpento valleinclanesco para describir personajes y situaciones que retratan una Cataluña profunda, que también existe, y que, si viviera Luis García Berlanga, probablemente ya estaría escribiendo un guion para llevar la historia al cine, trabajo este que facilitaría mucho el tiempo presente que utiliza el narrador para contarnos la historia.

Fontserè escribió esta novela en catalán, idioma en el cual recibe el título de Visca la terra, y de cuya traducción al castellano se encargó Carles Alcoy.

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Portada para la edición original en catalán

El transportista y su vieja furgoneta, que sirve para transportar tanto mercancías como personas (vivas o muertas), actúan como fuerza centrípeta para aglomerar al resto de los pintorescos personajes que van desfilando por las páginas de esta novela coral cuya trama se va (des)arrollando entre una caterva de minidesastres: un incendio, una inundación, un infarto cuya víctima acabará rematada por un homicidio involuntario…

«Debo [de] llevar una carga de unos…, grosso modo, cuatrocientos treinta kilos de pecado».

(Los corchetes son míos: la frase debería llevar la preposición para indicar posibilidad).

Según confesó el autor, los personajes son reales ―algunos todavía viven―: guardias civiles y mossos d’esquadra, un inmigrante, un drogadicto, prostitutas, un cliente y su celosa y vengativa mujer que, a perdigonazo limpio, intenta buscarle la ruina al Complicité, local donde, además de ejercerse la más antigua profesión del mundo, dos travestís, Indíbil y Mandonio, ofrecen un espectáculo de varietés de dudosa catadura moral…

Agítense todos estos ingredientes en una coctelera y léase de un solo trago, si es que por el camino la risa no consigue atragantarte.

De El coloquio de los perros no escribiré nada hoy, excepto que, cuando hace muchos años lo leí, también pasé un buen rato con las perras vidas de Cipión y Berganza.

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…à suivre.

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Arturo Lorenzo:_Época de emociones_

El autor

En la 29.ª Feria del Libro de Huesca (2012) tuve la ocasión de asistir, entre otras, a la presentación de la novela de Arturo Lorenzo, Época de emociones, publicada por Pigmalión en su colección Narrativa.

Época de emociones

Me ha parecido una excelente novela, aunque me duele tener que decir que la editorial no ha estado a la altura de las circunstancias, porque debería haber puesto mayor cuidado en su edición: resulta evidente que no ha pasado por corrección, lo que me parece lamentable en un texto que atesora gran calidad  literaria.

Pero, por desgracia, suele ser moneda de uso corriente, así que, centrémonos en el texto.

La novela de Lorenzo retrotrae al lector a la época tardofranquista, donde unos personajes adolescentes masculinos contemplan un mundo que, aunque a veces no comprendan, les ofrece todas las posibilidades que entraña el despertar a la vida: todo les atrae, todo les sorprende, todo les emociona: la política, el sexo, el amor, la muerte a deshora de algún amigo…

Ahora, con el paso del tiempo, a mí me parece que aquello era lo normal, porque un corazón joven está dispuesto para muchas emociones a la vez y no todas provienen de la misma persona, de igual forma que la vida tampoco proviene sólo de una. [P. 138.]

A lo largo de la historia, David, el narrador, y los demás personajes irán creciendo, desarrollándose con el paso del tiempo y gracias a las experiencias vividas hasta que se planteen asumir al final sus responsabilidades como adultos, con el dolor que ello supone: dejar atrás aquellos años donde la acción primaba sobre la reflexión.

Resulta un tanto curiosa la estructura que Lorenzo ha querido darle a la obra, por cuanto que empieza con una serie de píldoras breves, como para vacunar al lector, aunque esta iconoclasia estructural, más que como vacuna, funciona como una droga que poco a poco te va atrapando y te hace caer en una deliciosa adicción de la que no quieres desengancharte.

—Oye [Luis Eduardo] Eduardo [Aute], tú que estás en esto, ¿te importaría echar un vistazo a los últimos poemas que he escrito, a ver qué te parecen?
—Cojonudos, tío, cojonudos.
—Pero, ¡si no los has leído!
—Por eso, tío, por eso. [P. 30.]

En el cuarto capítulo, «Leyendas del camino», aparecen personajes reales como elementos constituyentes del paisaje humano que envuelve a los protagonistas, desde Aute o Alaska, hasta Rosa Montero o Javier Conde, que, como los otros paisajes naturales que aparecen (desde el centro a provincias, desde la urbe al campo o a la playa), irán agregándose a su bagaje cultural.

Aprendices de todo, profesionales de nada, o de lo dicho, de las palabras que se nos resistían a darles la forma demoledora que queríamos. Porque en nuestra ignorancia operativa de las cosas queríamos hacer cosas con palabras: el amor, la revolución, el país salpicado de modernidad, de objetos libres, de mentes sanas sin la cortina de acero que pesaba sobre la vieja formación patriotera y monjil de la que proveníamos. [P. 145.]

El capítulo sexto, «La sombra del Apa» —el más largo—, constituye en sí una novela dentro de la novela, donde se concentra la acción: dos por el precio de una.

El libro requiere una lectura reposada, porque el registro del lenguaje obliga a ello, y se agradece. Se agradece que el autor no escriba para la galería —lo cual, a veces, suele aumentar las ventas, pero indefectiblemente rebaja la calidad—, sino que lo hace como para sí mismo, utilizando el máximo nivel cultural del que es capaz, y Arturo Lorenzo está capacitado de forma conspicua. No en balde está al frente del Instituto Cervantes de Lion.

Para mí ha resultado todo un delicioso descubrimiento, esta novela «lúbrica, ingeniosa, mordaz, irreverente» (contratapa) que, entre la melancolía y el fino humor, nos hace recordar una época que muchos recordamos como en blanco y negro.

Añado aquí una excelente reseña de Guillermo Busutil sobre Época de emociones.

…à suivre.

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Manuel Vilas: _Los inmortales_

 

Manuel Vilas

Por la Feria del libro de Huesca, celebrada entre el 1 y el 10 de este mismo mes de junio, se pasó a firmar ejemplares, entre otros, este gran escritor barbastrense que se llama Manuel Vilas, y a quien habría que incluir en algún trabajo sobre los heterodoxos aragoneses, cuando no en la Historia de los heterodoxos españoles, si todavía viviera (don) Marcelino Menéndez y Pelayo. Aunque no fue allí donde lo conocí en persona, sino en la presentación de su obra Los inmortales (Alfaguara), que tuvo lugar el pasado 11 de febrero a las 13 horas en la Librería Anónima, junto al inefable David Giménez (Liquen), —poeta y editor (también heterodoxísimo) que en alguna entrada próxima trataré de efabilizar—. Y no dejamos de tomar un enate para celebrarlo, pero, en esta ocasión, lo tomamos al principio, porque, como no podía ser de otra manera, en consonancia con la obra presentada, también el acto fue un tanto atípico.

Extraigo el orden de los hechos de la web de la librería de Chema:

  • comenzó por el vino,
  • luego los aplausos,
  • las preguntas,
  • la intervención de Manuel Vilas,
  • el presentador David Liquen,
  • Chema, que presentó a quienes habían de intervenir.

— ¿Dónde radica su heterodoxia?

— Pues en la forma tanto como en el fondo.

— ¿Puede darme más pistas?

— Lee aquí.

— … Ahora ya lo tengo más claro.

Como una imagen vale más que mil palabras, aquí va el vídeo  de la presentación (que debe valer un millón por lo menos):

¡Qué posmoderno!

Después de haberme papeado Los hermanos Karamázov, de Dostoievski, no me fue mal, para desengrasar.

Dedicatoria

… à suivre.

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Chusé Inazio Nabarro: _Allí donde el viento sopla para agitar las hojas de los árboles_

Chusé Inazio Nabarro

Chusé Inazio Nabarro nació en Tauste (Zaragoza) el 30 de noviembre de 1962. Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Zaragoza, poeta y narrador, es profesor de Lengua y Literatura castellanas en Huesca y el autor más galardonado en lengua aragonesa.

En la actualidad es presidente del Consello d’a Fabla Aragonesa.

Ha publicado algunos libros de poemas, como A pelleta entre as barzas, II Premio Literario Val d’Echo (1983); O miraio de chelo, Premio Ana Abarca de Bolea (1985); A balada de o choben Billy, I Premio Literario Billa de Sietemo (1994); En esfensa de as tabiernas y atros poemas (1998) y Sonetos d’amor y guambra, Premio Ana Abarca de Bolea.

En 2001 la Diputación de Zaragoza le otorgó el Premio Pedro Saputo.

En prosa ha publicado Astí en do l’aire sofla ta sobater as fuellas de os árbols, Premio Arnal Cavero, 1990; Tiempo de fabas (1997); Chuan Galé (o cuaderno de tapas royas) (2003); Reloch de pocha, IV Premio Literario Ziudá de Balbastro de Nobela Curta, 2006.

También ha publicado algunos cuentos breves en libros colectivos, como Prebatina d’una falordia sin de fadas ni nanez, III Premio Literario Val d’Echo (1984), A lifara, I Premio Literario Bal de Xalón (1988), «Triptico de os tiempos de a postema», en Nuei de tiedas (1999), «Con as fuellas contatas como as balas», en Desde Aquí (1999), «Renaximiento», en Zaragoza, de la Z a la A (2003), «Os cuatre cantos de o cuculo», en La torre de papel (2003), «Cans e cochins», en Branquil d’a Cerdanya, (2007) y «M’estimarba más no fer-lo», en Capiscol (2008).

Se han traducido al castellano Tiempo de fabas, con el título de Malos Tiempos; Reloch de pocha, con el título de Reloj de bolsillo (Gara d’Edizions, col. Viceversa), al francés, con el título de Montre de poche (Gara France-Éditions de la ramonda) y al ruso, en 2008, como KAPMAHHbIE ЧACbI (Ed. ГAPAPOCCИЯ), donde va por la segunda edición, y ahora Joël Miró Lozano acaba de traducir al castellano Astí en do l’aire sofla ta sobater as fuellas de os árbols, también en la colección Viceversa de Gara d’Edizions, con el título de Allí donde el viento sopla para agitar las hojas de los árboles.

 

Allí donde el viento sopla...

Allí donde el viento sopla… es una novela coral cuyos personajes masculinos ―«los hombres‑árboles»― y femeninos ―«las mujeres‑arcilla»― viven felices en perfecta comunión con la naturaleza en el País de los Árboles, donde siempre es primavera.

El narrador principal, el Gran Árbol Padre, el Gran Árbol Tótem de los hombres árboles, observa las vidas de los miembros de esta tribu y nos las transmite con un lenguaje particular, que recuerda en ocasiones al tono épico de la poesía homérica por la manera de ligar los adjetivos a los sustantivos de forma inseparable: como en la Ilíada, por ejemplo, no se habla nunca de simples bueyes, sino siempre de «bueyes de tornátiles pies», por cuestiones de música y de métrica, pero también por razones obviamente expresivas, en esta obra de Chusé Inazio Nabarro tampoco suelen aparecer personajes u objetos sin sus atributos correspondientes: no son simples hombres‑árboles o mujeres‑arcilla, sino que son «hombres‑árboles de puntiagudas lanzas» o «mujeres‑arcilla de cuerpos lozanos». Incluso sus nombres son descriptivos, están llenos de significado y sugieren al lector civilizaciones lejanas en el tiempo o en el espacio: Abeja‑golosa, Olmo‑sabio, El‑que‑pinta‑en‑la‑corteza‑de‑las‑hayas, La‑que‑hace‑muescas‑en‑el‑barro…

«Desde aquel día ya no volvimos a ver a Junco‑que‑a‑la‑orilla‑del‑río‑se‑balancea, joven virgen de delgada figura.»

Tal vez el subdirector de La Voz de la Industria, don Basilio Moragas, de aspecto feroz y bigotes frondosos, personaje de El juego del ángel, de Carlos Ruiz Zafón, no hubiera publicado esta novela en su periódico, porque pensaba que «un uso liberal de adverbios y la adjetivación excesiva eran cosas de pervertidos y gentes con deficiencias vitamínicas». Aunque el lenguaje del Gran Árbol Padre nada tiene que ver con el registro periodístico, sino más bien con la expresividad de la prosa poética, que no solo afecta al magma léxico que desbordan sus páginas. También la sintaxis centrípeta, que coloca el verbo al final de la frase, evoca lenguas antiguas e incrementa el tono épico de la historia, que no está exenta de pinceladas de humor.

Esto en cuanto al lenguaje, porque el asunto también cumple con las reglas del subgénero épico: amor, aventuras, batallas contra la vecina tribu de los hombres‑estiércol y sus mujeres‑boñigas, leyendas puestas en boca de los propios personajes humanos, o de árboles o animales con quienes conviven en una armonía perfecta… hasta que el equilibrio se rompe cuando irrumpen en el bosque primigenio unos extraños animales metálicos de grandes pies negros y redondos que, dominados por una peligrosa tribu desconocida, comienzan a arrasarlo todo para construir el «recto camino de negro asfalto» que amenazaba con destruir «la recóndita ciudad de la selva primigenia».

♦♦♦

El hecho de que esta premiada novela se haya traducido precisamente ahora del aragonés al castellano responde, como toda traducción de una gran obra, a la necesidad de transmisión de cultura: si no se hubiera traducido muchos lectores jamás habrían tenido acceso a ella, porque el idioma aragonés, la fabla, es otra de esas lenguas minoritarias que quizá ya habría desaparecido si personas como Chusé Inazio Nabarro e instituciones como el Consello d’a Fabla Aragonesa que él preside no volcaran todos sus esfuerzos en mantenerla y dignificarla mediante la literatura.

à suivre.

 

 

 

 


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