Fermín Moreno_La perdición fucsia_Un coctel de humor y (ciencia)ficción


El pasado 10 de junio se presentó en la librería Anónima de Huesca La perdición fucsia. El imperio del Tecnopreboste I (ediciones Nalvay) de Fermín Moreno e ilustrado por David Guirao.

Tras una minuciosa y atenta lectura de la novela, definida como una mezcla de ciencia ficción y humor, considerada heredera de obras como las de la serie iniciada con La guía del autoestopista galáctico, de Douglas Adams (r. i. p.: todavía algunos lloramos su desaparición cada 25 de mayo con una toalla enrollada en la cabeza), y otras deliciosas hierbas, tras devanarme los sesos intentando comprender su significado más profundo, he llegado a las siguientes conclusiones (seré sincero, sorry):

  1. La perdición fucsia no tiene más ciencia que el hercúleo esfuerzo léxico realizado por el autor. Si rascamos bajo la capa de pintura de lo anecdótico de la trama, se palpa su erudición desbordante, o al menos se nota que es un fiel seguidor de los documentales de La 2, National Geographic, Discovery Channel y el Canal Cocina.
  2. En cambio, ficción sí tiene. Teniendo en cuenta que la acción se origina a partir de una especie de Erasmus intergaláctico, lo demás viene rodado.
  3. De humor también va bien servido, aunque lo que menos gracia puede hacer a quien se enfrasque en su lectura es tener que consultar el diccionario con cierta frecuencia para pillar algunos de los numerosísimos chistes que ilustran sus 315 páginas, si no se domina el léxico con soltura y suficiencia. ¿Cuánto humor exactamente? Para poder expresarlo en cifras he creído oportuno inventarme una unidad de medida que simplifique su comprensión: la «mansalva», (equivalente a 10 petateragigas, es decir, prácticamente ∞ – 1). Así, podemos decir que esta novela goza de humor a mansalva, o que contiene una mansalva de humor.
  4. Pienso que a la novela le sobrarían algunas páginas, porque cuando llegaba por la página 200 mi interés por la trama se iba disipando: debe ser que me hago mayor para andar leyendo este tipo de literatura tan ligera, aunque, si tuviera 20 años menos y estuviera menos leído este análisis sería distinto con toda probabilidad.

Por todo lo anteriormente expuesto quiero recomendársela efusivamente a los adolescentes que se buscan curro de camarero en el verano para poder sufragarse los estudios: si siguen mi recomendación y tiran de diccionario para traducir algunos crípticos pasajes, verán como su bagaje cultural aumenta exponencialmente mientras se mueren de risa.

Para muestra, un botón (o, mejor, dos):

—[el mensaje] Está en clave, señor.
—Bueno, dígamelo de todas formas.
—DI DI DI DI DI DI DA A DI DI DI DA A DI DI DI DA A DA A DI DI DA A DA A [… abreviemos, así cuatro o cinco líneas más] DI DA A AAA.
—NO, EN MORSE NO. (Pág. 250.)

(Este pasaje concreto me evoca a otro similar de Camilo José Cela en el que recogía un párrafo entero lleno de balidos de oveja: un crac, don Camilo.)

De ello colijo que los gzrhjblhmñqd carecen de la más mínima noción de cálculo probabilístico, se hallan en un estadio marcadamente preoperatorio a la hora de establecer inferencias del tipo causa-efecto y pecan de un exceso de autoconfianza, además de ser muy devotos, qué duda cabe. Un sociólogo que abordase la cuestión interpretándola bajo el sesgo de una perspectiva más experimental y distanciada diría incuso que son gilipollas. Pero eso sería simplificar el problema a mi modesto entender. Las ciencias sociales no son tan sencillas. (Pág. 162.)

Quien ahora colige soy yo: para reír a mandíbula batiente con este párrafo uno debe pertenecer al mismo olimpo de erudición en el que se hallan Stephen Hawking, Eduard Punset, o el último fontanero que me cambió un grifo, que, por el precio a que factura la hora, ha de ser, por fuerza, inteligentísimo.

Servidor, como, además del grifo, se cambió las piezas dentales superiores hace un par de años, prefiere no batir demasiado sus mandíbulas para evitar daños colaterales, como se dice ahora; prefiere sonreír para sus adentros al recordar a Jean Piaget, el padre de las teorías de la psicología de la educación.

Y ya, para finalizar, quisiera que el autor me sacara, si es que tiene tiempo y ganas, de tres dudas existenciales que me planteó en la presentación:

  1. ¿Qué tiene contra el techno-house y la música dance?
  2. ¿Por qué no le gusta el Ulises de Joyce?
  3. ¿Cuándo aparece la segunda parte?

… à suivre.

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