_Familias como la mía_ de Francisco Ferrer Lerín: la potencia del lenguaje

Níquel + Nora Peb


Los fondos

Cuando mi amigo Josemari me invitó el pasado viernes 11 de marzo a la presentación del libro Familias como la mía[1], de Francisco Ferrer Lerín en su librería Anónima ―por cierto, cada vez menos anónima―, inicié una labor previa de documentación, como siempre suelo hacer, y para empezar decidí acudir a la madre de todas las pedias: la Wikipedia.

Lo que allí se contaba me dejó obnubilado, o como se dice ahora: aluciné pepinillos.

No podía creerlo. «Será la Wiki», pensé, «La española no tiene tanto rigor como la alemana ni mucho menos como la inglesa. En España debería llamarse, en vez de Wiki (de “What I know is…”), Loqysé (de “Lo que yo sé es…”)»

Para cerciorarme de la veracidad de lo leído busco con Google otra página, esta vez que hable de la novela, y llego aquí. Tusquets reseña la novela: tiene mucho de autobiográfica.

«… Ah! Esto ya es otra cosa», sigo pensando. «Ya me parecía a mi que… Lo que ha pasado es que en la Wikipedia han confundido el argumento de la novela con la vida del autor, o han cruzado las informaciones. Caso resuelto.»

Pues no.

Resulta que la biografía de Ferrer Lerín es así. En aquella presentación lo comprendí todo (o parte), guiado por su magnífico presentador, Antón Castro (blog recomendado del mes, junto con el de Ferrer Lerín).

Un caballero bien plantado (¿>1,85?), que con sus casi setenta años (perfectamente llevados) sigue suministrando a la cómplice concurrencia unas altas dosis de humor y que se muestra cercano al común de los mortales ―o sea, yo por ejemplo―; con un increíble currículum que hoy es difícil de entender porque pensamos que una vida no puede dar para tanto y que cómo es posible que y que cuántas carreras tiene y que cuántas cosas ha hecho y que etcétera.

El autor

Vería poca televisión… Será raro…

Y efectivamente: como él mismo informó en la presentación, los de El Mundo lo habían llamado para encabezar una serie de cinco publicaciones que se recogerían bajo el epígrafe de «Cinco escritores raros españoles» (o algo parecido). Aunque a cualquiera le gusta que lo exhorten para presidir o encabezar algo ―dijo él―, en esta ocasión no sabía si calificar el hecho de dudoso honor o de qué, y si aceptar o no, y que todavía se lo estaba planteando.

Quizás tal persona hoy podría considerarse un poco rara ―todos somos raros a ojos de los demás―, aunque no hace tantos siglos a este tipo de personas no se las tachaba de ‘raras’: eran simplemente ‘humanistas’.

En Familias como la mía, obra a la que el propio F. L. considera como un «legado», podemos acercarnos al personaje real a través de su protagonista, Pablo Amatller Moragas, P. A. M., su alter ego, a quien la ficción le da otra vuelta de tuerca.

P. A. M., como F. L., estudia Medicina.

Siempre me han gustado los animales, por eso estudié Medicina.

P. A. M. siente desde joven una clara vocación literaria; se licenció en Filología Hispánica. F. L. también: trabaja para los más importantes editores de Barcelona, como Barral. Gana el Premio Nacional de la Critica en 2009 con su poemario Fámulo.


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… es muy prestigioso, porque no tiene dotación económica. […] la gran alegría de mi vida, al menos literaria.

Recibe el encargo de escribir una serie de relatos eróticos que consiguen mantenerlo erecto más de un mes

… hasta que me volví impotente… (aunque luego ya me recuperé, ya…)

Ambos personajes, real e imaginario, son amantes de las aves necrófagas y de los reptiles ―son ornitólogos y herpetólogos― y de la botánica ―El Dioscórides renovado de Pío Font Quer es uno de sus libros de cabecera―. Ferrer inició un trabajo de zoonimia (creo recordar que dijo) para la Real Academia Española que, como otras tantas cosas, no se materializó por falta de presupuesto. Como tenía material a mansalva decidió completarlo con algo de fantasía y decidió publicar El Bestiario.

Además tanto P. A. M. como F. L. se ganan la vida como jugadores de póquer: ya se sabe, las letras no siempre dan para vivir y hay que buscarse la vida.

Descubrí que me resultaba muy fácil desplumar a cuatro incautos […] El póquer no se lo recomiendo a nadie, pero si empieza, es mejor que pierda, porque si gana…

¿Sabrían jugar al póquer los académicos para financiar proyectos como aquel?

Para acabar de rematarla ―y esta es la última vuelta de tuerca― Amatller es ¡agente secreto!… ¿Como él? ¿En serio que Lerín fue agente secreto? No, no puede ser… ¿O sí? ¿Y si lo fuera (hubiera sido) o fuese (todavía lo es)? No, no lo creo. Me parece que el único espía es Pablo Amatller, el de la ficción… O no.

De esta duda no me sacó, y no quise preguntarle, porque no se va por ahí preguntando a la gente, «Oiga, ¿es ―o ha sido― usted agente secreto?»

El protagonista, además, tiene mucho éxito con las mujeres, a quienes hechiza «el poder de mis [sus] ojos azules repletos de pasión y experiencia» (p. 49): ¿Bond, James Bond? No: Amatller, Pablo Amatller Moragas.

Tampoco me interesé por su vida privada. Siempre hay que guardar las formas…

Las formas

En la cinta que rodea el ejemplar que pedí que Francisco Ferrer Lerín dedicara a mi hijo se reproduce la opinión que Fernando Savater publicó en El País y que transcribo aquí literalmente:

¿Un relato iniciático, una parodia inteligente de diversos géneros narrativos, un apunte autobiográfico travestido a ratos por los espejos deformantes patentados por Valle‑Inclán? En cualquier caso, un relato más fácil y grato de leer que de categorizar.

En verdad para mí sí que ha supuesto algo iniciático, en el sentido académico: una experiencia decisiva o la iniciación en un rito, un culto, una sociedad secreta (por ejemplo, la Sociedad Secreta de los Lectores Durmientes quienes, en una conferencia que dio sobre la pasión que genera el póquer, le pidieron por favor que volviera a escribir, sociedad a la cual yo ya debía de pertenecer pero aún no lo sabía).

Familias como la mía ha supuesto para mí la decisiva experiencia de conocer a la persona y acercarme a su obra; una obra cuyo pulquérrimo, nítido y preciso lenguaje destila un poder mayor que los azules ojos de P. A. M. Un lenguaje sin concesiones que, a ratos, me recuerda incluso a Joyce por la capacidad de jugar con las palabras, con la sintaxis (en párrafos yermos de comas que dejan al lector la responsabilidad de su puntuación), por la potencia evocadora de sus imágenes, como la de la página 194, donde se refiere a las mujeres feas que están moviéndose constantemente para que el observador no pueda fijar su atención en los defectos.

Algo hay en su estructura que me hace pensar en Rayuela de Cortázar, más la segunda parte, «Nora Peb», que la primera, «Níquel»: el orden de lectura no altera el producto. Pero es que, además, el autor imagina Ónice, una novela escrita por uno de los personajes, Morma, que contiene una «página flotante» que puede colocarse en cualquier parte del documento sin que se desvirtúe (p. 305), y aún va más allá: en el magín de dicho personaje bulle la idea de redactar un folio suelto que encaje en cualquier libro, una «página flotante universal»

Y como remate, […] espera conseguir el códice perfecto […] en el que cualquiera de sus páginas pueda ser movida, trasladada de principio a fin, de fin a principio, sin distorsión general alguna…

La novela entera tiene también mucho de colmena celaniana, en el sentido de que por sus páginas desfila un sinnúmero de personajes de todos los extractos sociales que pasean sus azarosas vidas por la sociedad española del tardofranquismo, difíciles momentos en los que se debían tomar grandes decisiones ―la evolución hacia la democracia tras la muerte del dictador, la vertebración del estado en autonomías, la potenciación de lenguas prácticamente desaparecidas, como el catalán (al menos de los entornos urbanos), como seña identitaria de la nueva sociedad que está por llegar, la apertura de España al mundo, etcétera― grandes decisiones a las que el protagonista, Pablo Bond‑Amatller aporta su granito de arena, pues será el encargado de aportar información precisa al aparato estatal desde el seno de una organización‑tapadera, el Centro de Investigación de los Sistemas Naturales (CISNA), a la que llegó huyendo de sus deudas de juego.

Y para presentarnos la fábula el autor utiliza ese pulquérrimo, nítido y preciso lenguaje que te subyuga y te atrapa. Se nota al leer la búsqueda del término exacto, aunque esa tarea sea para Francisco Ferrer Lerín algo ―en apariencia― sencillo, porque quien domina el lenguaje como él ya ha encontrado todas las palabras antes de utilizarlas.

¿Dónde encuadrar al personaje, en los Quijotes o en los Tenorios? En ambos arquetipos. Es Tenorio con las personas y Quijote, preferentemente, con los animales. Usa la espada y la pluma, como buen humanista, y con ambas herramientas influye tanto en los demás personajes del entorno novelado como en el afortunado lector que quiera acercarse a las páginas del libro. Está claro que no puede dejarte indiferente.

Desde aquí solicito información a cualquiera que me la pudiere facilitar sobre qué formularios debo rellenar para sacarme el carné de la Sociedad Secreta de los Lectores Durmientes, porque acabo de despertar en la alta literatura de Francisco Ferrer Lerín y sumo mi demanda a la de aquellos para rogarle que siga escribiendo mientras le queden fuerzas… Aunque no gane demasiado dinero.

… à suivre.

 


[1]Ferrer Lerín, Francisco: Familias como la mía, Barcelona: Tusquets, 2011.

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