BLOG

Acceso a las entradas

Por qué «El Atisbador»

Mi amigo Chulio Brioso Mairal fue, además de historiador y periodista, corrector de galeradas en un periódico local, el Diario del AltoAragón, antes Nueva España, desde los tiempos en que los diarios se construían en la linotipia, juntando tipo a tipo las palabras, palabra a palabra las líneas y línea a línea cada una de las páginas: papel, tinta y plomo, como Gutenberg.

Fue muy aragonés —escribía tanto en esta lengua como en castellano—, católico practicante y uno de los pocos carlistas de carné que he conocido en mi vida.

Estudioso y contador de historias y de intrahistorias, era apreciado por todo el mundo y por todo el mundillo cultural de Huesca.

Además de corregir los errores de los demás, escribía sobre ermitas e iglesias, sobre la heráldica y los escudos de armas de familias y poblaciones, y describía con precisión las distintas formas y colores de los blasones, sus campos y lo que en ellos se contenía y qué era lo que cada cosa significaba. También solía escribir acerca de la onomástica comarcal o sobre cualquier otro tema de mayor o menor trascendencia.

Pero la caprichosa tercera parca, la que corta el hilo, nos arrebató a Chulio como suele: sin pedirnos permiso; aunque, poco antes de dejarnos tuvo la amabilidad de prologarme un libro, Filosofía impía, bajo el seudónimo de «El Atisbador del Alpargán».*

Cuando le pasé el borrador un viernes de anochecida, mientras echábamos la reglamentaria copa poscenáculo en un garito de postín de Huesca, dudaba no solo de que se molestara en escribir algo, sino de que siquiera en su lectura pasara de la página dos, dado el carácter heterodoxo del texto.

Sin embargo, aunque yo lo deseaba, pues pensaba que molaría que fuera precisamente un carlista quien prologara aquella especie de… jocoso exabrupto, no las tenía todas conmigo.

Dicho texto había surgido en parte como reacción a los fundamentalismos, que se encontraban por aquel entonces algo desbocados —¿y cuándo no?—, e iba a convertirse en libro un poco por casualidad… Pero esa es otra historia.

Aquel mismo domingo, a la hora del vermú en punto, volvimos a vernos en la misma distinguida expendeduría de alcoholes.

—¿Te has leído la cosa?

—No solo me la he leído, sino que aquí te traigo el prólogo.

—¡Anda!, si has firmado con pseudónimo. —Lo dije marcando bien la ‘p’, por hacerme el pedante.

—Por supuesto.

—¿Por qué?

—Hombre, pues porque no quiero verme inmiscuido.

Y soltó una carcajada.

Aunque leí con atención su escrito, mi dura mollera tardó alguna fracción de segundo extra llegar a la conclusión de que aquel prólogo (resumiendo poco más o menos) quería decir que más me hubiera valido perder el tiempo en otra cosa, porque aquello, pese a que ostentaba un pomposo título, carecía de nombre.

Le agradecí la molestia que se había tomado y le pagué el trago gustosamente. Me confesó que se había reído mucho con el contenido del libro: tal era mi intención, objetivo conseguido.

En homenaje a mi querido amigo Chulio, el Atisbador del Alpargán, corrector, periodista e historiador, he pensado titular esta página, en la que coloco a continuación el mencionado prólogo.

Gracias, Atisbador. Gracias, Chulio.

004_Filosofía impía_Portada

BREVES CONSIDERACIONES A MODO DE PRÓLOGO

      Un vetusto profesor de la rama de Ciencias miraba con cierto desdén los deliquios del intelecto y decía que «la Filosofía es la pirotecnia del lenguaje».

      Pero el filosofar, en ocasiones, ejercita la mollera, airea y orea los más intrincados recovecos de nuestras neuronas. Y si se hace con ironía ácida y mordacidad proterva, miel sobre hojuelas. No sé en qué pensarían los de Lumpiaque, si estarían dándole vueltas a algún engorroso e indigesto silogismo, pero el caso es que, templando, templando, se les hizo de día. Y el asendereado público, viéndolas venir.

      Un mosén de los de antaño, inflamado en ardor catequético, interrogó de esta guisa a un rústico pastor que bajaba de puerto con su gregaria soledad a cuestas:

      ―A ver, alma cándida: ¿Cuántos dioses hay?

      Y el interrogado, rascándose el tozuelo, contestó:

      ―Uno en cada tozal. Y en Birque, no’n hay.

      Prodigio de la sabiduría autodidacta: pa que te pedas llevando el cirial.

      Recuerdo vagamente una novela que leí tiempo ha, en la que su protagonista, un bon vivant que había recorrido todas las veredas del mundo y saboreado todos los placeres, decidió realizar un último periplo cosmopolita. Mientras esperaba el momento de subir al barco, se sentó en una taberna o figón del puerto ante una pinta de cerveza oteando el tráfago bullicioso del personal portuario, y, engolfándose en sus cogitaciones, vio desfilar ante sí todos los viajes realizados o imaginados, los que fueron y los que podían haber sido, y todo el largo currículo de su ajetreada vida.

      Concluido este ejercicio de catarsis, recogió con gesto hierático su petate y su cabás y, en vez de dirigirse al embarcadero, tomó un fiacre que lo llevó de vuelta a su mansión, a su omphalosprimigenio de donde nunca debería haber salido.

      Prosequamur meditando.

El Atisbador del Alpargán

*El Alpargán es el nombre popular de la calle Goya, de Huesca, próxima a donde se encontraban las oficinas y talleres del Diario del AltoAragón.

leyendo web-3

Share Button

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies