Etiqueta: Colección de cuentos

 

Carmelo Di Fazio: _Un orgasmo, dos lágrimas y una sonrisa_

«Somos tan imperfectos que un simple impulso nos llena de infelicidad.»
Carmelo Di Fazio    



¡Los seguidores de Carmelo Di Fazio estamos de enhorabuena! Ya hablamos aquí de este autor venezolano cuando publicó su segunda novela, El ángel que no merecía morirdonde nos descubrió su dominio de la técnica del suspense literario y con la que alcanzó el primer lugar en la lista de ventas de su país.
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En esta ocasión nos ofrece cuatro cuentos, una deliciosa colección de temática diversa que se lee con ganas y se disfruta a tope, porque —no me cansaré de recalcarlo— se nota el oficio, lo cual es una especie que en la actualidad abunda poco: muchas personas, por razones que mi entendimiento no alcanza a comprender, se empeñan en publicar un libro y, si lo consiguen, ya se creen escritores; aunque para ser un escritor hace falta algo más que lograr juntar cuatro letras.
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A Di Fazio, en cambio, sí podemos otorgarle tal reconocimiento porque tiene madera, porque, además de saber presentar pulcrísimamente las situaciones o definir los personajes con cuatro trazos, como en el caso presente, donde la forma escogida —el cuento— así lo exige, logra arrastrar al lector hasta colocarlo en el lugar donde él quiere para, después, con un leve giro de pluma o de tecla, volver a descolocarlo y seguir tirando de él hasta atraparlo en su tela de araña literaria de la que ya no podrá salir y de la que el lector, además, tampoco querrá escapar.
Como el propio autor me ha confesado (no en balde me cupo la suerte de afrontar la corrección de estas cuatro historias), escribe pensando en clave cinematográfica, lo que enseguida salta a la vista… Pero dejemos que él mismo nos lo explique:
El cuento de apertura, Un orgasmo, por obvias razones el de esperado impacto, puede generar ansiedad, antojo exacerbado de éxtasis sensorial, ganas de enamorarse con fervor, sensaciones lujuriosas… (¡Se permite dar rienda suelta al agrado creativo!). Las dos lágrimas producen impotencia, tormento, rabia, tristeza y dolor compartido; de igual forma, nos enseñan a valorar el balance entre amor, lealtad y justicia como modelo de una existencia con simpatía por la felicidad. De la sonrisa les adelanto que nos regala un pedazo de cielo, quizás un milagro que nos recuerda el poder de Dios… Mejor no les digo más, sean ustedes los jueces en cada lectura.
Hay que seguirle la pista a este escritor con mayúsculas que, sin duda, nos sorprenderá con nuevas y emocionantes historias. Esperemos que sea pronto, pero, mientras tanto, podéis deleitaros con Un orgasmo, dos lágrimas y una sonrisa.

Disponible en

… à suivre.

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Antón Castro: _El niño, el viento y el miedo_ Recuerdos de la infancia en Galicia

Portada de Javier Hernández

El niño, el viento y el miedo

 

Antón Castro (Arteijo, La Coruña 25 de agosto de 1959), reputado periodista y escritor gallego afincado en Aragón desde 1978, presentó ayer en la Librería Anónima de Huesca su último libro: El niño, el viento y el miedo, (Huesca: Ed. Nalvay, 2013) acompañado por el ilustrador, Javier Hernández, y por Rosa Tabernero, profesora titular del Área de Didáctica de la Lengua y la Literatura de la Universidad de Zaragoza, quien desveló algunas de las claves de esta recopilación de cuentos.

Una de las claves es la ausencia de adjetivos, aunque después de leer la obra puedo decir que, más que por la ‘ausencia’, el lenguaje utilizado se caracteriza por una sabia dosificación adjetival (ya que usa los necesarios), lo que le confiere al texto concisión y objetividad, con lo que se consigue una mayor fluidez verbal: la acción —el asunto— avanza más deprisa, que es lo que al lector medio suele interesar más y que algunos agradecemos, después de leer otros libros que se hacen largos y empalagosos por la superabundancia de la mencionada categoría gramatical, que, en general, poco suele aportar al meollo del relato; antes bien, lo estira innecesariamente y hace que se parezca más a la nota de cata de cualquier vino que a un texto literario.

En el lenguaje utilizado, aunque como en toda obra de creación predomine la función expresiva, también se cumple la función referencial, tanto por la parquedad en la utilización de los adjetivos y de otros elementos retóricos, como por el uso de las oraciones enunciativas y el léxico denotativo. Las oraciones simples y sin alteraciones estilísticas, además, dotan al texto de la claridad y de la lecturabilidad necesarias para que sea accesible a los jóvenes lectores.

 

Tal vez por ello el texto se acerque en ocasiones al estilo periodístico que el autor domina por oficio: en efecto, en El niño, el viento y el miedo se recoge un puñadito de recuerdos de la infancia en Galicia, tierra de leyendas, donde la superstición es parte consustancial del carácter de muchos de sus habitantes. Todo es misterioso, todo atemoriza la mente infantil que puede ver con la imaginación algo fantástico en cualquier objeto o animal, y este es, precisamente uno de los papeles del cuento fantástico: generar miedo.

Pero también hay que decir que el miedo es bueno, pues se convierte en un mecanismo de autodefensa imprescindible del ser humano que está bien estudiado por los psicólogos. Hay que tener en cuenta que en las tierras donde, como en Galicia, abundaban los lobos y todo tipo de alimañas, el peligro era real.

Pero el libro de Antón no es solo una recopilación de los cuentos que le contaban su madre o sus abuelos cuando era niño, sino que también supone la etopeya de los personajes que van desfilando a lo largo de las cien páginas de que consta el libro: mujeres solitarias porque han perdido a su marido en la mar o porque han tenido que irse a ‘la emigración’ para poder ganar dinero con el que sustentar a la familia, casi siempre muy numerosa, lo que era habitual en aquellos años; hombres rudos, curtidos por la dureza del entorno, que no dudan en tomar drásticas soluciones para intentar cambiar su suerte; niños con miedo, pero felices por sentirse protegidos en el hogar y jóvenes que despiertan al inocente primer amor…

Las descripciones de bosques, playas, casas y otros lugares, que tan bien ha sabido plasmar el ilustrador con su excelente técnica en el manejo de los lápices, enmarca la acción de manera perfecta, y seguro que alguien se atreverá a dibujar algún ratón, a «La mujer que veía al demonio» o a la malvada comadreja que merodeaba por «El campo de Azureiras».

Por todo lo hasta aquí expuesto, considero que el delicioso texto de Antón Castro tiene también mucho de crónica de un lugar y de un tiempo que, aunque parezca remoto, en realidad no está tan lejano.

Antón Castro

Antón Castro

P. S.: Hasta el día 20 de abril se puede visitar en la Librería Anónima la exposición con las ilustraciones de Javier Hernández para el libro.
… à suivre.
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Réquiem por los que están por venir_Jorge Deprá. En el centro del espejo


Aunque tengo un concepto amplio, muy amplio, de qué es una novela, Réquiem por los que están por venir, de Jorge Deprá[1] no lo es. Más bien debo considerar esta obra como una colección de fantásticos cuentos cortos, pese al loable intento final por parte del autor de prender con alfileres (ni siquiera de hilvanar) unas historias con otras.

Al pan, pan, y a una colección de cuentos cortos, colección de cuentos cortos.

El propio autor reconoció en la presentación que no es una «novela» convencional y que siguió una metodología más parecida al rodaje de una película, donde cada una de las escenas se ruedan por separado y después se montan, labor de montaje que para Deprá resultó la parte «más complicada». Confesó sentirse más influido por directores de cine como Quentin Tarantino, Stanley Kubrick o Alejandro Amenábar que por cualquier escritor concreto. En un principio el autor quería titular la obra Unisconsin, haciendo referencia a ese universo desconocido donde nos sumergimos al leerla, pero al fin decidió titularla ―y puede que sea la única concesión al lector― Réquiem por los que están por venir, en evidente alusión a la película de Mike Hodges, Réquiem por los que van a morir (A Prayer for the Dying, 1987).

Dicho esto, la fantástica colección de Jorge Deprá reúne exactamente treintaicinco cuentos, agrupados en tres partes: «Historia dentro de un espejo», «Vivencias del hijo del ilusionista» y «Unisconsin». La primera y la tercera constan de una historia cada una, y las otras treintaitrés, mucho más breves, se concentran centrípetamente en la segunda parte, como las circunferencias de la diana en las que se enmarca el Uomo vitrubiano de Leonardo, motivo excelentemente elegido para la portada del libro, porque evoca a la macabra galaxia, desarrollada en el libro, que acoge al hombre que no puede escapar a su destino.

Dicha galaxia se compone de mundos obsesivos, compresivos, psicopáticos; mundos individuales en cada caso, que afectan a la realidad con resultados autodestructivos o apocalípticos.

Deprá despliega ante la mirada lectora la complejidad de unos seres enfermizos que flotan en diferentes planos de la consciencia, incapaces a veces de discernirlos, de saber exactamente dónde se encuentran: en qué espacio, en qué tiempo… y si esa realidad ―su realidad― es moral, inmoral o amoral.

En los mencionados planos de consciencia en los que se desenvuelven los personajes no existe el libre albedrío. Queremos ver alusiones a aquellos ritmos circadianos de sueño‑vigilia‑sueño, que abocaron al Segismundo calderoniano al borde de la locura.

Este ramillete de personajes ejemplifican a la perfección la concepción determinista de la existencia, unas veces de carácter individualista y otras de tipo social, pero siempre circundada, o embebida, de un determinismo psíquico del cual no podemos librarnos porque todo ha sido escrito: el pasado ya no es, el futuro jamás llegará y el presente se escabulle de nuestras manos como bolas de mercurio.

Es por eso que la obra tiene un marcado carácter pesimista, porque nos plantea, además de lo anterior, la imposibilidad de comunicación total con nuestros semejantes: nadie puede leer la mente de otro, tan solo aproximarse a través de sus imperfectos sentidos. Es por eso que cuando alguien insiste en llegar más allá es tomado por un loco a quien nadie comprende.

Para tratar de evadir lo inexorable algunos personajes luchan denodada, aunque vanamente, echando mano a productos que prometen la felicidad completa («Píldoras Dexter») o a las máquinas más abracadabrantes; como el ilusionista Terastes de la primera parte, que construye un artefacto de espejos basado en las leyes de la física cuántica con la intención de realizar un complicado truco de magia que transporte a los espectadores a otra dimensión pero que acarreará la catástrofe; como el barón Gerard de Monforte, que pretendía parar el movimiento de la Tierra atándola a la Luna y luego, todo el conjunto, al Sol para detener el tiempo y conseguir así la inmortalidad para toda la humanidad; o como el científico Ernesto Guinda («Experimento»), y su «máquina de extracción del tiempo subjetivo» pensada para administrar el tiempo a conveniencia e intentar evitar lo inevitable. Y lo inevitable, lo verdaderamente real, es la muerte de la que nadie se salva. Cuando uno tiene conciencia de ello es paradójicamente cuando algunos alcanzan el uso de razón y otros pueden perderlo para siempre.

Esta comunión, o integración, de lo orgánico con lo mecánico ―uno de los leitmotivs del libro― llevada hasta el extremo me hace recordar las ilustraciones de Giger. La absoluta libertad con que se nos muestran estos mundos depraianos me evoca además a los cómics de Moebius, incluso cuando firmaba bajo su seudónimo de Gir su teniente Blueberry (Jean‑Michel Charlier y Jean Giraud), serie de historietas del oeste («Unisconsin»). Lo orgánico aparece generosamente bajo el aspecto rojo y viscoso de la sangre o se materializa en cerebros y otras vísceras, confiriendo a algunos relatos un evidente tono de cine splatter o gore.

En Réquiem por los que están por venir el determinismo cosmológico, ―que afirma que el universo se rige por unas leyes físicas inquebrantables que impiden que todo lo que acontece suceda de ninguna otra manera― siempre sale triunfante. Y el lenguaje que magistralmente utiliza el autor está puesto al servicio de su demostración: frases e ideas repetitivas, concéntricas como la diana del hombre de Vitrubio de la portada, que van perforando la mente lectora como si de la espiral de una broca léxica se tratase. El recurso del diálogo únicamente aparece en el relato «Énobas», entre un sacerdote y su discípulo, a la manera de los Diálogos de Platón, que nos habla del significado de las palabras sagradas. Quizá el conocimiento del significado de las palabras pueda ser la única vía de escape, aquello que puede ponernos en contacto directo con los dioses, el espejo ―otro leitmotiv de Réquiem― donde podemos vernos reflejados:

Recuerda que la vida es un espejo en el que miramos a otros para saber algo de nosotros mismos (p. 63)

En los demás casos ni siquiera le es concedida esa posibilidad de diálogo a los personajes, a quienes el narrador maneja como marionetas inermes, como zombis o robots incapaces de modificar sus programas ni de utilizar libremente sus aplicaciones, exangües antes siquiera de intentar luchar.

En Réquiem por los que están por venir explota ante nuestros inquietos ojos el tópico latino puesto de moda por Hobbes, Homo homini lupus («El hombre es un lobo para el hombre»), que siglos atrás enunciara Plauto como Lupus est homo homini, non homo, quom qualis sit non novit en su Asinaria: «Lobo es el hombre para el hombre, y no hombre, cuando desconoce quién es el otro».

… à suivre.

 


[1] Deprá, Jorge: Réquiem, por los que están por venir, Zaragoza: Tropo Editores, 2010. Colección Voces, n.º 12. XXV Premio «Santa Isabel de Aragón, reina de Portugal» de Narrativa. 197 páginas.

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