Etiqueta: Novela

el saco de Baroja donde todo cabe

 

Fermín Moreno_La perdición fucsia_Un coctel de humor y (ciencia)ficción


El pasado 10 de junio se presentó en la librería Anónima de Huesca La perdición fucsia. El imperio del Tecnopreboste I (ediciones Nalvay) de Fermín Moreno e ilustrado por David Guirao.

Tras una minuciosa y atenta lectura de la novela, definida como una mezcla de ciencia ficción y humor, considerada heredera de obras como las de la serie iniciada con La guía del autoestopista galáctico, de Douglas Adams (r. i. p.: todavía algunos lloramos su desaparición cada 25 de mayo con una toalla enrollada en la cabeza), y otras deliciosas hierbas, tras devanarme los sesos intentando comprender su significado más profundo, he llegado a las siguientes conclusiones (seré sincero, sorry):

  1. La perdición fucsia no tiene más ciencia que el hercúleo esfuerzo léxico realizado por el autor. Si rascamos bajo la capa de pintura de lo anecdótico de la trama, se palpa su erudición desbordante, o al menos se nota que es un fiel seguidor de los documentales de La 2, National Geographic, Discovery Channel y el Canal Cocina.
  2. En cambio, ficción sí tiene. Teniendo en cuenta que la acción se origina a partir de una especie de Erasmus intergaláctico, lo demás viene rodado.
  3. De humor también va bien servido, aunque lo que menos gracia puede hacer a quien se enfrasque en su lectura es tener que consultar el diccionario con cierta frecuencia para pillar algunos de los numerosísimos chistes que ilustran sus 315 páginas, si no se domina el léxico con soltura y suficiencia. ¿Cuánto humor exactamente? Para poder expresarlo en cifras he creído oportuno inventarme una unidad de medida que simplifique su comprensión: la «mansalva», (equivalente a 10 petateragigas, es decir, prácticamente ∞ – 1). Así, podemos decir que esta novela goza de humor a mansalva, o que contiene una mansalva de humor.
  4. Pienso que a la novela le sobrarían algunas páginas, porque cuando llegaba por la página 200 mi interés por la trama se iba disipando: debe ser que me hago mayor para andar leyendo este tipo de literatura tan ligera, aunque, si tuviera 20 años menos y estuviera menos leído este análisis sería distinto con toda probabilidad.

Por todo lo anteriormente expuesto quiero recomendársela efusivamente a los adolescentes que se buscan curro de camarero en el verano para poder sufragarse los estudios: si siguen mi recomendación y tiran de diccionario para traducir algunos crípticos pasajes, verán como su bagaje cultural aumenta exponencialmente mientras se mueren de risa.

Para muestra, un botón (o, mejor, dos):

—[el mensaje] Está en clave, señor.
—Bueno, dígamelo de todas formas.
—DI DI DI DI DI DI DA A DI DI DI DA A DI DI DI DA A DA A DI DI DA A DA A [… abreviemos, así cuatro o cinco líneas más] DI DA A AAA.
—NO, EN MORSE NO. (Pág. 250.)

(Este pasaje concreto me evoca a otro similar de Camilo José Cela en el que recogía un párrafo entero lleno de balidos de oveja: un crac, don Camilo.)

De ello colijo que los gzrhjblhmñqd carecen de la más mínima noción de cálculo probabilístico, se hallan en un estadio marcadamente preoperatorio a la hora de establecer inferencias del tipo causa-efecto y pecan de un exceso de autoconfianza, además de ser muy devotos, qué duda cabe. Un sociólogo que abordase la cuestión interpretándola bajo el sesgo de una perspectiva más experimental y distanciada diría incuso que son gilipollas. Pero eso sería simplificar el problema a mi modesto entender. Las ciencias sociales no son tan sencillas. (Pág. 162.)

Quien ahora colige soy yo: para reír a mandíbula batiente con este párrafo uno debe pertenecer al mismo olimpo de erudición en el que se hallan Stephen Hawking, Eduard Punset, o el último fontanero que me cambió un grifo, que, por el precio a que factura la hora, ha de ser, por fuerza, inteligentísimo.

Servidor, como, además del grifo, se cambió las piezas dentales superiores hace un par de años, prefiere no batir demasiado sus mandíbulas para evitar daños colaterales, como se dice ahora; prefiere sonreír para sus adentros al recordar a Jean Piaget, el padre de las teorías de la psicología de la educación.

Y ya, para finalizar, quisiera que el autor me sacara, si es que tiene tiempo y ganas, de tres dudas existenciales que me planteó en la presentación:

  1. ¿Qué tiene contra el techno-house y la música dance?
  2. ¿Por qué no le gusta el Ulises de Joyce?
  3. ¿Cuándo aparece la segunda parte?

… à suivre.

Marian Womack_Memoria de la nieve_Leer con la extraña impresión de la añoranza

El pasado día 13, de puntillas, casi sin hacer ruido, pasó por Huesca una escritora sublime: Marian Womack.

Esta gaditana cometió el pecado de estudiar demasiado [1]. Su penitencia le supuso una beca para completar sus estudios en Oxford. Pero lo que al principio parecía un sueño, con el paso del tiempo,se fue convirtiendo en una pesadilla. Oxford —sacrosanta institución universitaria, cifra y compendio de toda sabiduría—, bajo su apariencia de mito esconde algo ominoso, vitando. Algo de lo que no tienen la culpa ni sus vetustas edificaciones, ni mucho menos los pobres y olvidados libros que sus paredes encierran, sino tan solo algunas de las personas que lo frecuentan:

Oxford se parece a uno de esos muebles viejos con la pintura cuarteada, que si la rascas un poco con la uña deja al descubierto la porquería.

Desengañada del mundo académico, después de estar lo que para Marian suponía entonces más de la mitad de su vida, decidió regresar a España para empezar de nuevo, dejando atrás todo aquel superficial glamour.

«Oxford […], ciudad de mentira, más veces escrita o inventada que vivida —porque allí no puede vivirse, por lo tanto nada puede tocarse, erosionarse— permanecerá para siempre donde ahora se encuentra» (p. 36)

Aunque no todo iba a ser negativo. Su estancia en Oxford le permitió viajar por Europa y, sobre todo, conocer Rusia: su idioma, sus gentes, su cultura… Y se quedó prendada de aquel gran país, de ese país que la mayoría de nosotros conocemos solo de oídas o de leídas, y cuya realidad dista mucho de cualquier tópico que podamos habernos formado en nuestras cabezas. Para Marian Womack constituyó toda una revelación.

Cuando por fin regresó a España, casada con James, trajo consigo todo aquel bagaje soviético, oxoniense y europeo, y toda su memoria de la nieve, que ahora dan nombre al libro que nos presentó aquel viernes.

Marian, escritora

Antes hemos dicho que nos encontrábamos ante una escritora sublime, sí, pero, ¿en qué consiste su sublimidad?

La obra de Marian Womack posee ese regusto gótico que enlaza con los Siete cuentos góticos de Karen Blixen (es decir, Isak Dinesen, autora de Memorias de África), o con los fantásticos cuentos de Poe. Su estilo es definido por ella misma cuando se refiere al estilo de Laura, uno de los personajes que aparece en el relato «Deiá, elogio de la nieve (1932)»:

«Los poemas de Laura [Marian] parecen conjuros, hechizos de brujos de cuentos de hadas. Porque cada palabra tiene una razón precisa, cumple una mágica función.» (p. 104)

Memoria de la nieve (Zaragoza: Tropo Editores, 2011) recoge seis relatos que se desarrollan en ambientes y épocas distintas que son vividos por diferentes personajes unidos por unos denominadores comunes: el desarraigo, la ausencia, la añoranza, la soledad… Esa soledad que bajo un tiempo inclemente puede afectar a los sentidos, abotargándolos, permitiendo que traspasen la línea de la realidad las sombras, las visiones, que aparecen al principio solo insinuadas para cobrar poco a poco una presencia más real.

La autora nos allega esos paisajes distantes y hostiles usando magistralmente el lenguaje, un bello lenguaje rayano con la poesía, cuyas hermosas imágenes podemos paladear parsimoniosamente, y que nos atrapa y nos arrastra, casi sin darnos cuenta, a ese estado delicioso de abstracción a que te conduce la lectura de las grandes obras.

Por cortesía de Tropo Editores os enlazo aquí con el íncipit, el primer capítulo, «Moscú, enterrado (por la nieve…) (1905)».

Marian y James, editores

Los Womack

 

Cuando hace casi dos años inicié una campaña de promoción profesional como corrector de textos tropecé con una editorial que me llamó la atención muy gratamente: Nevsky Prospects.

La fundó Marian con su marido, James Womack, y la presentaron oficialmente el 10 de noviembre de 2009, tras renunciar a la vida académica universitaria y regresar a España. Nevsky se dedica exclusivamente a la traducción y edición de obras de la literatura rusa —los clásicos—, pero también las obras contemporáneas de ciencia ficción.

Me pareció algo sorprendente y muy encomiable, porque hasta ahora, que yo sepa, a nadie se le había ocurrido una idea semejante, aunque hay que tener en cuenta que, según las propias palabras de Marian, «España es un país que consume mucha literatura rusa».

La primera obra que editaron fue esta:

En la presentación de Memoria… le conté a Marian cómo conocí su editorial y le pregunté  si tenían en su catálogo algo de los hermanos Arkady y Borís Strugatsky, de los que había leído (de balde, en un pdf por ahí) el fabuloso relato Picnic extraterrestre, y me dijo que acababan de editar una de sus obras, «muy divertida».

Localizaré su referencia bibliográfica y, esta vez, cubicaré la postura, como hice al adquirir Memoria de la nieve, que tan amablemente me dedicó.

Gracias, Marian, por tu amabilidad y por tu poesía y suerte a ambos con Nevsky.

…à suivre.

 

[1] Licenciada en Literatura Inglesa y en Estudios de Cine (Universidad de Glasgow); master en  Literatura Europea y doctorado sobre literatura comparada (Universidad de Oxford); traductora y profesora universitaria; archivística, conservación y catalogación de libros en el departamento de lenguas modernas de la Biblioteca Bodleiana de Oxford. En el diario local de Huesca solo mereció una foto con un escueto pie de cuatro líneas.

No recibió una gran cobertura informativa

SIETE CUENTOS GÓTICOS
Karen Blixen

Faulkner: un viaje alucinante al fondo de la mente

Al analizar el pronóstico ―cada vez más diagnóstico― meteorológico que daban para esta pasada Semana Santa, decidí viajar a través del espacio y del tiempo, gratis y sin mojarme, gracias a la literatura, y, de paso estudiar una de mis infinitas asignaturas pendientes: Faulkner. Va a llover. No iremos a ningún sitio. Tenemos visitas un par de días. Aprovecharé que el crío va a ir a la biblioteca y le encargaré algo sobre. Debo estudiar. Asignaturas pendientes. Tengo fresco el Ulises. Joyce. Monólogo interior. Qué bueno, qué bueno¡Toda la semanasanta! Aprovechando que mi hijo tenía que ir a la Biblioteca Municipal Antonio Duran Gudiol de Huesca le encargué que buscara algo sobre el nobel norteamericano y me trajo dos de sus obras fundamentales: El ruido y la furia (The sound and the fury) y Mientras agonizo (As I lay dying),   que me llevaron de viaje al sur profundo de los Estados Unidos de principios del siglo xx. ¿Dónde está El ruido y la furia? Lo he cogido yo. Bah, da igual comenzaré por esta otra. El orden de los factores… Por si esto fuera poco, la experiencia se vio enriquecida con una nueva faceta: la de realizar un viaje alucinante al fondo de la mente ―utilizando el título de la película dirigida por Ken Russell en 1980― de los personajes, es decir, al de la mente del propio Faulkner. Esto es, de manera fundamental, y precisamente, lo que yo quiero siempre resulta imposible conocer el fondo de la mente de nadie y. Aunque toda lectura resulte a fin de cuentas un cierto grado de aproximación al pensamiento del escritor, eso.

Resulta que cayeron en mis manos dos cuidadísimas ediciones con excelentes traducciones: El ruido y la furia, de Alianza Editorial de Alianza por Mariano Antolín Rato y Mientras agonizo de editorial Anagrama de Anagrama, que en la contraportada se enorgullecía de presentar «la versión definitiva de “Mientras agonizo”, fijada en 1985, a partir de las galeradas originales, compulsadas con el manuscrito autógrafo y la copia mecanografiada por el propio autor», por Jesús Zulaika ¿Qué contumacia perversa hace que los reseñadores de libros silencien sistemáticamente a los traductores, pese al juicio que por fuerza han debido formarse sobre cómo -con qué fortuna- se ha vertido al castellano un libro escrito en otra lengua (y, lo que es más importante, pese al derecho de los lectores a ser informados sobre la calidad de la traducción que tienen en las manos?). / Eso sí que es un misterio para mí, no los pechos femeninos. / Jesús Zulaika, en. ¡Qué difícil debe resultar enfrentarse a una traducción de un texto de Faulkner! Citemos a los traductores, citemos…

No destriparé las obras ni sus personajes ni la técnica de Faulkner. Eso ya se ha hecho. Solo recomiendo su lectura. Los clásicos, leamos a los clásicos. Viaje iniciático perfecto y sin mayores contratiempos. Quiero más Faulkner mucho más…

… à suivre.

Réquiem por los que están por venir_Jorge Deprá. En el centro del espejo


Aunque tengo un concepto amplio, muy amplio, de qué es una novela, Réquiem por los que están por venir, de Jorge Deprá[1] no lo es. Más bien debo considerar esta obra como una colección de fantásticos cuentos cortos, pese al loable intento final por parte del autor de prender con alfileres (ni siquiera de hilvanar) unas historias con otras.

Al pan, pan, y a una colección de cuentos cortos, colección de cuentos cortos.

El propio autor reconoció en la presentación que no es una «novela» convencional y que siguió una metodología más parecida al rodaje de una película, donde cada una de las escenas se ruedan por separado y después se montan, labor de montaje que para Deprá resultó la parte «más complicada». Confesó sentirse más influido por directores de cine como Quentin Tarantino, Stanley Kubrick o Alejandro Amenábar que por cualquier escritor concreto. En un principio el autor quería titular la obra Unisconsin, haciendo referencia a ese universo desconocido donde nos sumergimos al leerla, pero al fin decidió titularla ―y puede que sea la única concesión al lector― Réquiem por los que están por venir, en evidente alusión a la película de Mike Hodges, Réquiem por los que van a morir (A Prayer for the Dying, 1987).

Dicho esto, la fantástica colección de Jorge Deprá reúne exactamente treintaicinco cuentos, agrupados en tres partes: «Historia dentro de un espejo», «Vivencias del hijo del ilusionista» y «Unisconsin». La primera y la tercera constan de una historia cada una, y las otras treintaitrés, mucho más breves, se concentran centrípetamente en la segunda parte, como las circunferencias de la diana en las que se enmarca el Uomo vitrubiano de Leonardo, motivo excelentemente elegido para la portada del libro, porque evoca a la macabra galaxia, desarrollada en el libro, que acoge al hombre que no puede escapar a su destino.

Dicha galaxia se compone de mundos obsesivos, compresivos, psicopáticos; mundos individuales en cada caso, que afectan a la realidad con resultados autodestructivos o apocalípticos.

Deprá despliega ante la mirada lectora la complejidad de unos seres enfermizos que flotan en diferentes planos de la consciencia, incapaces a veces de discernirlos, de saber exactamente dónde se encuentran: en qué espacio, en qué tiempo… y si esa realidad ―su realidad― es moral, inmoral o amoral.

En los mencionados planos de consciencia en los que se desenvuelven los personajes no existe el libre albedrío. Queremos ver alusiones a aquellos ritmos circadianos de sueño‑vigilia‑sueño, que abocaron al Segismundo calderoniano al borde de la locura.

Este ramillete de personajes ejemplifican a la perfección la concepción determinista de la existencia, unas veces de carácter individualista y otras de tipo social, pero siempre circundada, o embebida, de un determinismo psíquico del cual no podemos librarnos porque todo ha sido escrito: el pasado ya no es, el futuro jamás llegará y el presente se escabulle de nuestras manos como bolas de mercurio.

Es por eso que la obra tiene un marcado carácter pesimista, porque nos plantea, además de lo anterior, la imposibilidad de comunicación total con nuestros semejantes: nadie puede leer la mente de otro, tan solo aproximarse a través de sus imperfectos sentidos. Es por eso que cuando alguien insiste en llegar más allá es tomado por un loco a quien nadie comprende.

Para tratar de evadir lo inexorable algunos personajes luchan denodada, aunque vanamente, echando mano a productos que prometen la felicidad completa («Píldoras Dexter») o a las máquinas más abracadabrantes; como el ilusionista Terastes de la primera parte, que construye un artefacto de espejos basado en las leyes de la física cuántica con la intención de realizar un complicado truco de magia que transporte a los espectadores a otra dimensión pero que acarreará la catástrofe; como el barón Gerard de Monforte, que pretendía parar el movimiento de la Tierra atándola a la Luna y luego, todo el conjunto, al Sol para detener el tiempo y conseguir así la inmortalidad para toda la humanidad; o como el científico Ernesto Guinda («Experimento»), y su «máquina de extracción del tiempo subjetivo» pensada para administrar el tiempo a conveniencia e intentar evitar lo inevitable. Y lo inevitable, lo verdaderamente real, es la muerte de la que nadie se salva. Cuando uno tiene conciencia de ello es paradójicamente cuando algunos alcanzan el uso de razón y otros pueden perderlo para siempre.

Esta comunión, o integración, de lo orgánico con lo mecánico ―uno de los leitmotivs del libro― llevada hasta el extremo me hace recordar las ilustraciones de Giger. La absoluta libertad con que se nos muestran estos mundos depraianos me evoca además a los cómics de Moebius, incluso cuando firmaba bajo su seudónimo de Gir su teniente Blueberry (Jean‑Michel Charlier y Jean Giraud), serie de historietas del oeste («Unisconsin»). Lo orgánico aparece generosamente bajo el aspecto rojo y viscoso de la sangre o se materializa en cerebros y otras vísceras, confiriendo a algunos relatos un evidente tono de cine splatter o gore.

En Réquiem por los que están por venir el determinismo cosmológico, ―que afirma que el universo se rige por unas leyes físicas inquebrantables que impiden que todo lo que acontece suceda de ninguna otra manera― siempre sale triunfante. Y el lenguaje que magistralmente utiliza el autor está puesto al servicio de su demostración: frases e ideas repetitivas, concéntricas como la diana del hombre de Vitrubio de la portada, que van perforando la mente lectora como si de la espiral de una broca léxica se tratase. El recurso del diálogo únicamente aparece en el relato «Énobas», entre un sacerdote y su discípulo, a la manera de los Diálogos de Platón, que nos habla del significado de las palabras sagradas. Quizá el conocimiento del significado de las palabras pueda ser la única vía de escape, aquello que puede ponernos en contacto directo con los dioses, el espejo ―otro leitmotiv de Réquiem― donde podemos vernos reflejados:

Recuerda que la vida es un espejo en el que miramos a otros para saber algo de nosotros mismos (p. 63)

En los demás casos ni siquiera le es concedida esa posibilidad de diálogo a los personajes, a quienes el narrador maneja como marionetas inermes, como zombis o robots incapaces de modificar sus programas ni de utilizar libremente sus aplicaciones, exangües antes siquiera de intentar luchar.

En Réquiem por los que están por venir explota ante nuestros inquietos ojos el tópico latino puesto de moda por Hobbes, Homo homini lupus («El hombre es un lobo para el hombre»), que siglos atrás enunciara Plauto como Lupus est homo homini, non homo, quom qualis sit non novit en su Asinaria: «Lobo es el hombre para el hombre, y no hombre, cuando desconoce quién es el otro».

… à suivre.

 


[1] Deprá, Jorge: Réquiem, por los que están por venir, Zaragoza: Tropo Editores, 2010. Colección Voces, n.º 12. XXV Premio «Santa Isabel de Aragón, reina de Portugal» de Narrativa. 197 páginas.

_Familias como la mía_ de Francisco Ferrer Lerín: la potencia del lenguaje

Níquel + Nora Peb


Los fondos

Cuando mi amigo Josemari me invitó el pasado viernes 11 de marzo a la presentación del libro Familias como la mía[1], de Francisco Ferrer Lerín en su librería Anónima ―por cierto, cada vez menos anónima―, inicié una labor previa de documentación, como siempre suelo hacer, y para empezar decidí acudir a la madre de todas las pedias: la Wikipedia.

Lo que allí se contaba me dejó obnubilado, o como se dice ahora: aluciné pepinillos.

No podía creerlo. «Será la Wiki», pensé, «La española no tiene tanto rigor como la alemana ni mucho menos como la inglesa. En España debería llamarse, en vez de Wiki (de “What I know is…”), Loqysé (de “Lo que yo sé es…”)»

Para cerciorarme de la veracidad de lo leído busco con Google otra página, esta vez que hable de la novela, y llego aquí. Tusquets reseña la novela: tiene mucho de autobiográfica.

«… Ah! Esto ya es otra cosa», sigo pensando. «Ya me parecía a mi que… Lo que ha pasado es que en la Wikipedia han confundido el argumento de la novela con la vida del autor, o han cruzado las informaciones. Caso resuelto.»

Pues no.

Resulta que la biografía de Ferrer Lerín es así. En aquella presentación lo comprendí todo (o parte), guiado por su magnífico presentador, Antón Castro (blog recomendado del mes, junto con el de Ferrer Lerín).

Un caballero bien plantado (¿>1,85?), que con sus casi setenta años (perfectamente llevados) sigue suministrando a la cómplice concurrencia unas altas dosis de humor y que se muestra cercano al común de los mortales ―o sea, yo por ejemplo―; con un increíble currículum que hoy es difícil de entender porque pensamos que una vida no puede dar para tanto y que cómo es posible que y que cuántas carreras tiene y que cuántas cosas ha hecho y que etcétera.

El autor

Vería poca televisión… Será raro…

Y efectivamente: como él mismo informó en la presentación, los de El Mundo lo habían llamado para encabezar una serie de cinco publicaciones que se recogerían bajo el epígrafe de «Cinco escritores raros españoles» (o algo parecido). Aunque a cualquiera le gusta que lo exhorten para presidir o encabezar algo ―dijo él―, en esta ocasión no sabía si calificar el hecho de dudoso honor o de qué, y si aceptar o no, y que todavía se lo estaba planteando.

Quizás tal persona hoy podría considerarse un poco rara ―todos somos raros a ojos de los demás―, aunque no hace tantos siglos a este tipo de personas no se las tachaba de ‘raras’: eran simplemente ‘humanistas’.

En Familias como la mía, obra a la que el propio F. L. considera como un «legado», podemos acercarnos al personaje real a través de su protagonista, Pablo Amatller Moragas, P. A. M., su alter ego, a quien la ficción le da otra vuelta de tuerca.

P. A. M., como F. L., estudia Medicina.

Siempre me han gustado los animales, por eso estudié Medicina.

P. A. M. siente desde joven una clara vocación literaria; se licenció en Filología Hispánica. F. L. también: trabaja para los más importantes editores de Barcelona, como Barral. Gana el Premio Nacional de la Critica en 2009 con su poemario Fámulo.


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… es muy prestigioso, porque no tiene dotación económica. […] la gran alegría de mi vida, al menos literaria.

Recibe el encargo de escribir una serie de relatos eróticos que consiguen mantenerlo erecto más de un mes

… hasta que me volví impotente… (aunque luego ya me recuperé, ya…)

Ambos personajes, real e imaginario, son amantes de las aves necrófagas y de los reptiles ―son ornitólogos y herpetólogos― y de la botánica ―El Dioscórides renovado de Pío Font Quer es uno de sus libros de cabecera―. Ferrer inició un trabajo de zoonimia (creo recordar que dijo) para la Real Academia Española que, como otras tantas cosas, no se materializó por falta de presupuesto. Como tenía material a mansalva decidió completarlo con algo de fantasía y decidió publicar El Bestiario.

Además tanto P. A. M. como F. L. se ganan la vida como jugadores de póquer: ya se sabe, las letras no siempre dan para vivir y hay que buscarse la vida.

Descubrí que me resultaba muy fácil desplumar a cuatro incautos […] El póquer no se lo recomiendo a nadie, pero si empieza, es mejor que pierda, porque si gana…

¿Sabrían jugar al póquer los académicos para financiar proyectos como aquel?

Para acabar de rematarla ―y esta es la última vuelta de tuerca― Amatller es ¡agente secreto!… ¿Como él? ¿En serio que Lerín fue agente secreto? No, no puede ser… ¿O sí? ¿Y si lo fuera (hubiera sido) o fuese (todavía lo es)? No, no lo creo. Me parece que el único espía es Pablo Amatller, el de la ficción… O no.

De esta duda no me sacó, y no quise preguntarle, porque no se va por ahí preguntando a la gente, «Oiga, ¿es ―o ha sido― usted agente secreto?»

El protagonista, además, tiene mucho éxito con las mujeres, a quienes hechiza «el poder de mis [sus] ojos azules repletos de pasión y experiencia» (p. 49): ¿Bond, James Bond? No: Amatller, Pablo Amatller Moragas.

Tampoco me interesé por su vida privada. Siempre hay que guardar las formas…

Las formas

En la cinta que rodea el ejemplar que pedí que Francisco Ferrer Lerín dedicara a mi hijo se reproduce la opinión que Fernando Savater publicó en El País y que transcribo aquí literalmente:

¿Un relato iniciático, una parodia inteligente de diversos géneros narrativos, un apunte autobiográfico travestido a ratos por los espejos deformantes patentados por Valle‑Inclán? En cualquier caso, un relato más fácil y grato de leer que de categorizar.

En verdad para mí sí que ha supuesto algo iniciático, en el sentido académico: una experiencia decisiva o la iniciación en un rito, un culto, una sociedad secreta (por ejemplo, la Sociedad Secreta de los Lectores Durmientes quienes, en una conferencia que dio sobre la pasión que genera el póquer, le pidieron por favor que volviera a escribir, sociedad a la cual yo ya debía de pertenecer pero aún no lo sabía).

Familias como la mía ha supuesto para mí la decisiva experiencia de conocer a la persona y acercarme a su obra; una obra cuyo pulquérrimo, nítido y preciso lenguaje destila un poder mayor que los azules ojos de P. A. M. Un lenguaje sin concesiones que, a ratos, me recuerda incluso a Joyce por la capacidad de jugar con las palabras, con la sintaxis (en párrafos yermos de comas que dejan al lector la responsabilidad de su puntuación), por la potencia evocadora de sus imágenes, como la de la página 194, donde se refiere a las mujeres feas que están moviéndose constantemente para que el observador no pueda fijar su atención en los defectos.

Algo hay en su estructura que me hace pensar en Rayuela de Cortázar, más la segunda parte, «Nora Peb», que la primera, «Níquel»: el orden de lectura no altera el producto. Pero es que, además, el autor imagina Ónice, una novela escrita por uno de los personajes, Morma, que contiene una «página flotante» que puede colocarse en cualquier parte del documento sin que se desvirtúe (p. 305), y aún va más allá: en el magín de dicho personaje bulle la idea de redactar un folio suelto que encaje en cualquier libro, una «página flotante universal»

Y como remate, […] espera conseguir el códice perfecto […] en el que cualquiera de sus páginas pueda ser movida, trasladada de principio a fin, de fin a principio, sin distorsión general alguna…

La novela entera tiene también mucho de colmena celaniana, en el sentido de que por sus páginas desfila un sinnúmero de personajes de todos los extractos sociales que pasean sus azarosas vidas por la sociedad española del tardofranquismo, difíciles momentos en los que se debían tomar grandes decisiones ―la evolución hacia la democracia tras la muerte del dictador, la vertebración del estado en autonomías, la potenciación de lenguas prácticamente desaparecidas, como el catalán (al menos de los entornos urbanos), como seña identitaria de la nueva sociedad que está por llegar, la apertura de España al mundo, etcétera― grandes decisiones a las que el protagonista, Pablo Bond‑Amatller aporta su granito de arena, pues será el encargado de aportar información precisa al aparato estatal desde el seno de una organización‑tapadera, el Centro de Investigación de los Sistemas Naturales (CISNA), a la que llegó huyendo de sus deudas de juego.

Y para presentarnos la fábula el autor utiliza ese pulquérrimo, nítido y preciso lenguaje que te subyuga y te atrapa. Se nota al leer la búsqueda del término exacto, aunque esa tarea sea para Francisco Ferrer Lerín algo ―en apariencia― sencillo, porque quien domina el lenguaje como él ya ha encontrado todas las palabras antes de utilizarlas.

¿Dónde encuadrar al personaje, en los Quijotes o en los Tenorios? En ambos arquetipos. Es Tenorio con las personas y Quijote, preferentemente, con los animales. Usa la espada y la pluma, como buen humanista, y con ambas herramientas influye tanto en los demás personajes del entorno novelado como en el afortunado lector que quiera acercarse a las páginas del libro. Está claro que no puede dejarte indiferente.

Desde aquí solicito información a cualquiera que me la pudiere facilitar sobre qué formularios debo rellenar para sacarme el carné de la Sociedad Secreta de los Lectores Durmientes, porque acabo de despertar en la alta literatura de Francisco Ferrer Lerín y sumo mi demanda a la de aquellos para rogarle que siga escribiendo mientras le queden fuerzas… Aunque no gane demasiado dinero.

… à suivre.

 


[1]Ferrer Lerín, Francisco: Familias como la mía, Barcelona: Tusquets, 2011.

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